1. Los conflictos en el espacio del Cáucaso.
El actual conflicto entre Georgia, Osetia del Sur y Rusia tiene sus orígenes en la ruptura del espacio soviético a partir de 1989. La región caucásica siempre se ha caracterizado por su complejidad: etnias, religiones y culturas distintas lo habitan, a menudo mezcladas en un mismo territorio. El imperio ruso la dominó en el siglo XIX y, desde entonces, ha tenido una importancia estratégica enorme tanto para el poder soviético, antes, como ahora para el ruso. Importancia que se ha acrecentado por su papel de región de tránsito hacia Europa de la producción energética de la zona del Mar Caspio.
En la época soviética, la política de Moscú en la región, iniciada por Stalin, fue la de dividir artificialmente los territorios autóctonos de los distintos pueblos para crear repúblicas de pequeño tamaño que, a su vez, se dividían en regiones autónomas. Esta subdivisión –plasmación clara del dividir para vencer– se ha mostrado como una bomba de relojería que estalló al desintegrarse la URSS. Además, la situación se había complicado más por la existencia, más o menos numerosa, de población de origen ruso en muchas de estas repúblicas. Su presencia ha servido, en ocasiones, como justificante del intervencionismo ruso.
Las guerras y conflictos desencadenados en esta región han mostrado la incapacidad de casi todos los nuevos Estados para lograr crear sociedades multiétnicas y planamente democráticas. La falta de tradiciones democráticas y la pervivencia de tics autoritarios han impedido la creación de una cultura de convivencia y de resolución pacífica de los conflictos. Además, frecuentemente, los nuevos gobiernos han utilizado el discurso nacionalista y hasta xenófobo para legitimarse como Estados o como gobiernos, más allá de referencias históricas más o menos lejanas. La opción nacionalista exacerbada impide el desarrollo democrático e, incluso, económico de estos nuevos estados y acaba provocando el enfrentamiento con aquellos que no participan de los mismos rasgos que proclama el nuevo poder, sean estos internos o externos.
2. El conflicto de Georgia con Osetia del Sur y Rusia.
El caso de Georgia es paradigmático de la situación de inestabilidad creada en la zona desde 1991. Poco después de declararse independiente tuvo lugar un golpe de Estado que desencadenó una guerra civil que duró hasta 1995. En ese año, Shevardnadze fue oficialmente elegido como presidente; pero fue depuesto en 2003 por un golpe de Estado incruento, dirigido por un triunvirato del que ya formaba parte el actual presidente Mijeíl Saakashvili. Paralelamente a estos problemas políticos, los gobiernos de Georgia se tuvieron que enfrentar al problema secesionista de Osetia del Sur y de Abjasia.
Los problemas secesionistas surgieron ya en 1989 cuando Osetia se declaró República Autónoma dentro de Georgia, pero esta no aceptó la decisión. La respuesta de Osetia fue la proclamación de una República independiente en 1990. Poco después se desencadenaron las hostilidades entre georgianos y osetios, extendiéndose el conflicto hasta 1992. Mientras tanto, los osetios habían mostrado su deseo de unirse a Osetia del Norte –integrada en el territorio ruso–. El conflicto significó también la aparición de la política de limpieza étnica por ambos bandos, política que tenía como objetivo crear zonas étnicas homogéneas; la consecuencia fue el desplazamiento masivo de poblaciones tanto georgianas como osetias y la multiplicación de los refugiados.
El conflicto se cerró en falso y representó, además la independencia de hecho de buena parte del territorio de Osetia del Sur, que contaba con el apoyo de Rusia. Desde entonces las escaramuzas entre rusos y osetios por un lado y georgianos por otro han sido constantes. Pero se había logrado, hasta ahora, impedir la guerra abierta.
Saakashvili fue elegido presidente de Georgia en 2004 con un programa político que incluía restaurar la integridad territorial, someter a los separatistas y el retorno de los refugiados georgianos expulsados de sus hogares. Esta política tuvo tres repercusiones importantes:
- El rearme de Georgia, destinándose importantes recursos a la compra de armas. En este aspecto contó con el apoyo de Ucrania y de EE.UU.
- La apertura a Occidente, especialmente a EE.UU. El gobierno de Saakashvili se alineó claramente con la política americana y mostró sus deseos de adherirse a la OTAN. Buscaba con ello, sin duda, un elemento de equilibrio frente al enorme poder ruso.
- El gobierno georgiano apoyó a todas las fuerzas de la región que se oponían a la preeminencia rusa.
Esta inclinación hacia Occidente fue vista con muchas reticencias por Rusia. Esta no podía permitir la existencia de un Estado miembro de la OTAN en su flanco caucásico. Fue un factor más en el empeoramiento de las ya malas relaciones existentes entre ambos Estados.
Con el antecedente de la independencia de Kosovo en mente, los osetios buscaron el reconocimiento internacional a su Estado. La situación política se hallaba actualmente en esta fase.
¿Por qué entonces tomó el gobierno georgiano la decisión de atacar, el pasado jueves 7 de agosto, a la capital de Osetia del Sur? La respuesta no es fácil, pero vistos los acontecimientos recientes podemos pensar que ha cometido un gran error de cálculo. La contundencia de la respuesta rusa y la extensión del conflicto a prácticamente todo el territorio de Georgia son elementos que apuntan claramente en su contra. Parece muy claro que Rusia ha apostado por consolidar su influencia sobre Osetia del Sur y, de paso, castigar al régimen de Saakashvili.
La solución al conflicto es compleja. La ONU tiene las manos atadas –como tantas veces– por el poder de veto ruso; la UE no tiene fuerza política ni militar capaz de imponer algún tipo de acuerdo, como mucho podrá ejercer tareas de mediación; y EE.UU. difícilmente se va a querer ver envuelto en un nuevo conflicto, y menos frente a Rusia. Sí habrá un interés común en acabar rápidamente con el enfrentamiento armado tanto por razones humanitarias como por intereses económicos.
10/08/2008.
©José M. Fernández

Fuente: Le Monde.

